“Talcahuano, la verdadera Zona Cero”

A dos meses del devastador terremoto que azotó Chile, la gente comienza a retomar el ritmo de la vida con esperanza
Por Ruth Merino / Especial para El Nuevo Día

Región del Biobío, Chile – En Coliumo, entre bloques de cemento con los que el mar jugó hasta cansarse, brotan las azucenas de marzo. En Talcahuano, se asoman las rosas blancas y rojas del jardín de mi devastada escuela superior por entre los barrotes de la valla de metal que había caído sobre ellas. Y en Dichato, después del maremoto, un manzano, confundido quizás por los inusuales calores del otoño, florece cerca de la bahía.

Durante una reciente estadía en Chile esas no fueron, por supuesto, las únicas señales de renovación y fuerza que observé luego de que uno de los cinco peores terremotos registrados en la historia conocida de la humanidad sacudiera mi país en la madrugada del 27 de febrero.

En Coliumo, donde el tsunami destrozó 17 embarcaciones y 92 casas, la reparación de los botes que pudieron rescatarse ya ha comenzado. “Yo tuve suerte, mi familia se salvó y a mí ya me ofrecieron trabajo”, dice una residente mientras quema basura frente a la playa.

En Talcahuano, una joven dice sonriendo, mientras apresuramos el paso por la calle Colón, la principal arteria del puerto en que nací, hoy cerrada al tránsito vehicular y peligrosa para los peatones: “¡Aquí todos somos deportistas, tenemos que caminar y rápido!”.

Este puerto, con 250,000 habitantes, es uno de los más impactados. “Esto está en el suelo, nos vamos a demorar en reconstruirlo por lo menos unos diez años”, comenta un vendedor. En la Municipalidad un letrero ratifica sus palabras: “Talcahuano, la verdadera Zona Cero”.

Pero en la Plaza de Armas se ha reavivado la actividad comercial. Hay de todo: flores, cuadros, libros, perfumes, cremas, artesanías. Y, al frente del viejo edificio del teatro Dante, escenario de mi graduación de cuarto año y todavía milagrosamente en pie, varios estilistas ofrecen sus servicios bajo carpas. “Recorte por la cantidad de 1,000 pesos ($2)”, anuncian.

En Dichato, donde el 80% de las casas y negocios de la parte baja quedó destruido, unos treinta niños cantan, bailan y se divierten en una actividad planificada para que fueran dejando atrás el trauma sufrido. Y así, durante cuatro benditas horas, vuelven a ser niños.

En este balneario de unos 4,000 habitantes (el número puede hasta triplicarse en el verano gracias al turismo) la señora Marina Santana, de 71 años, dichatina de pura cepa, recuerda que ella y su familia se salvaron porque se escaparon al cerro después del terremoto de 8.8 grados en la escala de Richter. Ella lo ha perdido todo. “Yo estoy enojada con el mar porque me llevó mi casita”, confiesa. Y también destruyó su colmado.

“¡Dichato estaba tan lindo!”, exclama. “Pero, bueno, tendrá que levantarse algún día”.

Ese es precisamente el espíritu que se refleja en los lemas que abundan en todas partes, en pegatinas y “billboards”: “Fuerza, Chile”, “Vamos, Chile, se puede”, “Chile se levanta”…

Son armas que ayudan a combatir las consecuencias de este durísimo golpe. Hasta ahora el gobierno ha informado de 486 muertos y 79 desaparecidos. En un discurso reciente, el presidente Sebastián Piñera señaló que las pérdidas se calculan en $30,000 millones, lo que representa un 17% del Producto Interno Bruto. Otros datos oficiales: hay 800,000 damnificados, 2,750 escuelas quedaron inhabilitadas y 255,940 viviendas resultaron dañadas.

En su página web, el Ministerio del Trabajo no tiene estadísticas sobre el desempleo causado por la catástrofe, pero se estima que miles perdieron su trabajo o negocio propio.

Proveer empleo, directamente o a través de incentivos al sector privado, es precisamente uno de las metas del gobierno, aunque la tarea de construir viviendas de emergencia es una prioridad.

Y, mientras tanto, las réplicas siguen sin tregua. Durante estos últimos días, en la región del Biobío, hubo un sismo el viernes, tres el domingo (todos de mediana intensidad), uno el lunes y otro ayer martes 27, día en que se cumplían dos meses de la catástrofe (ambos de menor intensidad). La Oficina Nacional de Emergencia del Ministerio del Interior lleva la cuenta, y no acaba.

El domingo 21 de marzo -mi primer día en Chile- hubo dos sismos fuertes que no advertí porque iba viajando en carro por la autopista. Durante las tres semanas siguientes sí me di cuenta de los movimientos telúricos, unos suaves, otros más intensos.

“Ya ni los siento”, dicen algunos. Otros reaccionan con temor ante cualquier sonido sospechoso porque no pueden olvidar el ruido del terremoto, descrito como venido de las entrañas de la tierra misma, ni el del maremoto, que alguien me comentó que era como el de “piedras entrechocándose unas con otras en una danza de pesadilla”.

El trauma, que se va procesando de a poco, y la férrea voluntad de seguir adelante van de la mano en esa “loca geografía” que es el Chile de hoy.

http://www.elnuevodia.com/talcahuano,laverdaderazonacero-694119.html

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