Adiós a los niños – María Elena Andonie

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Por María Elena Andonie *

El jugar o simplemente pasear en una plaza o un parque con los seres más queridos, está muy lejos de asociarse con ?amor?. ¿Y aquellos millones de chilenos que no pueden comprar ni una pelota para sus hijos?

El término “maquiavélico” proviene del conjunto de las doctrinas expuestas en “El Príncipe” por el literato y pensador político italiano Maquiavelo. Según él, el fin primero y último del estadista, la estabilidad política, justifica los medios para lograrla. Por esto, el maquiavelismo se define como el “modo de proceder con astucia, doblez y perfidia” o más comúnmente “el fin justifica los medios”.

Todo acto humano puede conllevar grados de “bondad” o de “perversión” según sea el fin y los medios para obtenerlo. Esto se hace cada vez más complejo en la medida de la conciencia que tengamos del efecto que tendrán nuestras acciones cotidianas en el prójimo.

A modo de ejemplo, para un verdulero su fin es vender frutas y verduras. Sin embargo, puede hacerlo con productos de buena, mediana o mala calidad. Pero elige vender poniendo las verduras frescas y bonitas encima de las añejas y podridas. O sea, el engaño es su medio para cumplir con su fin. Esto es una práctica bastante común entre algunos vendedores, pero cada vez que nos ocurre no dejamos de sentirnos “estafados” y “humillados”. O sea, aunque nos suceda una y otra vez, esta mentira no dejará de causarnos mucha rabia y asombro.

Hace casi un mes, lo que me ha generado muchísima más rabia y asombro que cuando me ha engañado un verdulero, es el presenciar día a día cómo el medio más penetrante e influyente en nuestra siquis colectiva, la televisión, utiliza sin ningún escrúpulo a los niños como medio para el fin primero y último del mercado: ganar mucho dinero. Lo que raya en lo siniestro es que se hace justamente en “nombre” de ellos mismos.

Los únicos verdaderos inocentes de la sociedad. ¡”Un mundo de juguetes para elegir”! ¡”Ven y compra miles de juguetes y haz feliz a quienes más queremos”! De manera descarnada se utiliza a los infantes como “moneda de cambio” para conseguir el bien supremo del hombre: la felicidad. Sin amparo ni ley se les expone como símbolo del materialismo y consumismo desenfrenado de nuestra sociedad.

O sea, el fin del empresariado: maximizar utilidades justifica el medio: usar a los pequeños por y para el “día del niño”. Lo más inmoral de este espectáculo es que se da por hecho que los refinados, tecnológicos, monstruosos y costosos “juguetes” son la encarnación del “niño amado y feliz”. ¿Cómo podría un padre o una madre dejar de sentirse culpable de no “comprar” en este día para sus hijos si todos viven bombardeados por esta dictadura mercantilista?

El jugar o simplemente pasear en una plaza o un parque con los seres más queridos, está muy lejos de asociarse con “amor”. ¿Y aquellos millones de chilenos que no pueden comprar ni una pelota para sus hijos? Recuerdo que la primera vez que vi a niños usados como medio publicitario para “conmover” a sus progenitores, induciéndolos al consumo de bienes materiales, me pareció espeluznante.

Sentí mucho miedo y asombro al presenciar tanta crueldad. Una falta de respeto sin límites a quienes representan el futuro de cualquier sociedad. De modo descarnado se mostraba a un niño pidiéndole de manera pueril a su padre un “crédito” para conseguir cosas, un celular para comunicarse “amorosamente”, un auto para “vivir felices”. Eran los inicios del “robo de la inocencia”.

Percibir cómo se podía someter a una masa de humanos al más vil de los engaños a través de los seres que uno más ama, me sumió en una profunda impotencia. Con el tiempo, esto se ha transformado en una “maquinaria” de niños contratados por el comercio con el fin de vender todo tipo de productos. Y lo que realmente me espanta es que hoy, al contrario de la ira que nos continúa dando cuando alguien nos vende un producto malo, el ver expuestos a los niños en la “tele” ha pasado a ser una costumbre. Ya no hay rabia ni asombro. Nadie alza la voz protegiendo los derechos de los menores a ser sanos y pueriles.

Así como el verdulero que pone encima las frutas y verduras frescas y bonitas con tal de vender también las añejas y podridas es la sociedad mercantilista que expone a los niños “lindos y sonrientes” en spots publicitarios con tal de vender esa “felicidad” que esconde lo añejo y podrido de nuestra alma colectiva. Maquiavélicamente, con el fin de vender, el mercado mutila la pureza e inocencia de los pequeños. Hay que despertar. La amenaza del dios dinero crece como una sombra en nuestras conciencias y nos susurra al oído: “Adiós a los niños”.

* Periodista (mandonie@mi.cl)

Imagen: radiomundial.com.ve

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