Armas, hambre, niños

Por Carlos Margotta, Rector Universidad Arcis / La Nación

Últimas cifras disponibles indican que los gobiernos destinaron casi 850.000 millones de euros a gasto militar, pero se comprometieron a aportar apenas 4.500 millones para luchar contra las hambrunas.

Contra la vieja pretensión de que la humanidad progresa hacia mayores niveles de fraternidad y organización social, nos encontramos cada cierto tiempo con cifras y cruces que sólo pueden provocar indignación, por la forma en que el orden mundial postra a millones de personas.

Las lacras suelen caer, como un macabro acto de elocuencia, con particular brutalidad sobre los niños.

Así sucede, por ejemplo, con el drama de los niños soldados en la República Democrática del Congo, caso de tal gravedad que se ha constituido en el primer juicio del Tribunal Penal Internacional.

Creado hace siete años, nuestro Senado ha tenido y tiene el deshonroso rol de convertir a Chile en el único país de América Latina que, habiendo aprobado el Estatuto de Roma, no lo ha ratificado, retrasando inconcebiblemente su aprobación.

El resultado de este caso que está conociendo el Tribunal Penal Internacional es considerado crucial para viabilizar otros procesos contra sospechosos de crímenes contra la humanidad.

Aquí, específicamente, se acusa al líder rebelde Thomas Lubanga de reclutar y entrenar a cientos de niños de entre nueve y 15 años para matar, saquear y violar. Muchos de ellos están devastados por las experiencias vividas y sometidos por el consumo de drogas y la prostitución. Se estima que en el momento más álgido de los enfrentamientos, alrededor de 30 mil niños soldados participaron en la guerra tribal.

Paradigmático es además, en este caso, el cruce entre armas, niños y hambre, puesto que la zona de conflicto descrita es al mismo tiempo donde con más brutalidad se manifiesta el flagelo de la escasez de alimentos.

La FAO afirma que el número de hambrientos superó en 2008 los 963 millones, mientras Médicos sin Fronteras advirtió que si la situación no mejora, 55 millones de niños menores de cinco años seguirán estando en peligro de muerte.

Ante esta situación, gobiernos de países desarrollados, como Estados Unidos y España, han anunciado el fortalecimiento de la ayuda a los países más golpeados por este drama. Se trata, sin embargo, de esfuerzos de tamaño significativamente menores que los que esas mismas naciones dedican a la guerra.

Las últimas cifras disponibles, referidas a 2007, indican que los gobiernos destinaron casi 850.000 millones de euros a gasto militar, pero en la pasada cumbre de la FAO se comprometieron a aportar apenas 4.500 millones para luchar contra las hambrunas.

Estos datos, que provienen del informe anual de 2008 del Instituto Internacional de Investigación para la Paz (Sipri), con sede en Estocolmo, indican además que Estados Unidos, por sí solo, representó 45% del gasto militar en todo el mundo, seguido de países como Reino Unido, China o Francia.

El gasto militar ha aumentado, además, en 45% en todo el mundo en los últimos diez años, mucho más que el gasto en la lucha contra el hambre.

Todos estos datos nos hablan de un orden mundial cínico y mezquino, inconsciente incluso respecto de los niños.

Un mundo en el cual la globalización económica, en especial financiera, ha configurado todo, mientras que los esfuerzos por crear institucionalidades universales que cautelen los derechos humanos están aún en pañales.

Así, mientras el mundo se debate en una gran crisis económica global, no es impensable que aumenten la pobreza y las tensiones sociales, que serán aprovechadas por la industria de armamentos de los países desarrollados.

Todavía queda mucho por hacer y muchas razones por las cuales indignarse, en especial cuando se trata de niños. Las ideas del bien común y la fraternidad libran aún un combate desigual, que es incapaz de sobreponerse y evitar aberraciones como las que ocurren en la República Democrática del Congo.

Por eso, en nuestra condición de universidad crítica y reflexiva, preocupada del entorno en que realiza su quehacer, hacemos un llamado al Senado y al Gobierno para que se pronuncien sobre los crímenes que se juzgan actualmente en La Haya y ratifiquen durante marzo la aprobación del Tribunal Penal Internacional, incorporando así a Chile al concierto de países civilizados que desean un nuevo orden internacional basado en el irrestricto respeto de los derechos humanos.

Alejandra Mujica
Coordinadora de Información Pública
Amnistía Internacional – Chile
Entérate, indígnate, actúa
www.amnistia.cl

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