El síndrome de Medea

“El síndrome de Medea: Endemia o epidemia”

En los últimos meses se han encontrado varios bebés recién nacidos entre los desechos de la actividad humana, en los contenedores de basuras que, afortunadamente, actuaron como improvisadas incubadoras callejeras, aportando al bebé la temperatura necesaria para lograr la supervivencia. Son casi siempre hijos de madres sufridoras de la violencia masculina originada en el ambiente familiar. Uno de ellos fue rescatado por un benemérito guardia civil, que ahora solicita, con todo merecimiento, como la mejor condecoración, su adopción.

Estas actitudes violentísimas sobre los niños por parte de la madre no suponen novedad alguna, aunque sí merezcan, por su dramatismo, el tratamiento mediático informativo y ojalá ejemplarizante. Muchos recordaremos otra noticia de similares tintes que saltó hace unos años a los medios de comunicación en una de las fechas de más feliz conmemoración infantil: una madre separada estranguló a su hijo de nueve años e intentó hacer lo propio con otro de trece en la noche de Reyes.

A esta situación patológica que padecen estas madres es a lo que ya viene denominándose “síndrome de Medea”, donde debe incluirse no sólo el abandono y el daño físico, sino también las agresiones psicofísicas o afectivo-emocionales o el daño social, incluso económico que, en ocasiones, puedan recibir los hijos de padres separados.

Medea, sacerdotisa bárbara de magia perversa, es la que da nombre al síndrome. Hija de Eetes, rey de Cólquida, se enamoró de Jasón, a quien defendió contra su padre y luego le ayudó a apoderarse del vellocino de oro. Más tarde huyeron a Corinto, donde Jasón abandonó a Medea por Creusa, hija del rey. Medea, en despecho, degolló a los hijos que había tenido con Jasón, jefe de los argonautas, vengándose de esta forma de su esposo que la había abandonado.

Desde entonces, el proceder de Medea, con las variaciones circunstanciales correspondientes, se ha repetido innumerables veces. Últimamente los medios de comunicación difunden casos nuevos en involuntaria y quizás inoportuna demostración de lo poco que el ser humano ha progresado a lo largo de la historia.
El maltrato a la mujer, bien narrado en letra impresa desde el Mío Cid hasta lo que aparece en la prensa actual, ha merecido multitud de estudios estadísticos, que contemplan el problema desde diferentes puntos de vista. Las Naciones Unidas, en un informe para el desarrollo, indica que “la violencia doméstica y paradoméstica causa tantas víctimas mortales y minusvalías entre mujeres en edad de procrear (15 a 45 años) como el cáncer, y más que los accidentes de tráfico y el paludismo juntos”. Y estos datos son, con las correcciones oportunas, válidos tanto para los llamados países desarrollados como para aquellos otros que social y económicamente no levantan cabeza.

Pero esta estadística está incompleta o convenientemente maquillada, ya que en ella no están incluidas las niñas que con harta frecuencia sufren los abusos sexuales de los integrantes varones del ámbito familiar (mal llamados “hombres”) que, aprovechándose de su superioridad y con chantajistas amenazas en caso de ser delatados, descargan sobre los frágiles cuerpecitos toda su monstruosa y agresiva crueldad, que daña su psiquismo probablemente de por vida, ya que las violentas vivencias despertarán, a buen seguro, en su consciente de mujer adulta, conductas psicopatológicas representadas por rechazo al propio cuerpo o al sexo opuesto, y un buen número de secuelas que van desde la amenorrea a la eneuresis pasando por el vaginismo, esterilidad o los propios intentos de suicidio, además de ciertas patologías del lenguaje, tartamudez, dislexia e hiperactividad.

En otras ocasiones, enmarcadas dentro de un profundo componente patológico, y en un alarde de surrealismo incomprensible, los pequeños son violentados por sus madres, a su vez maltratadas por el marido o compañero, y que de esta forma absurda creen vengar tan agresiva conducta. Para la patología que sufren estas madres se reserva la terminología de Síndrome de Medea.

A mayor abundamiento, y como agravante del delito evidenciado por las conductas crueles o infames de los padres sobre los hijos, es necesario señalar claramente que el niño tiene capacidad orgánica para sentir los estímulos dolorosos desde la vigésima semana de la gestación, y que los niños son más sensibles al dolor que los adultos ( en contra de la creencia popular muy extendida), a causa de la inmadurez de su sistema nervioso, que aún no tiene desarrollada la función que neutraliza el dolor y que está regulada por especiales neurotransmisores, opiáceos endógenos.

Dada la alarmante tasa de morbilidad de este mal que aflige a los países llamados “civilizados” como una nueva plaga bíblica, y que hace que el síndrome cuantitativamente planee en la frontera entre la endemia y la epidemia, se hace necesario ejecutar acciones correctoras que traten de anular las etiologías socio-culturales que originan que el síndrome de Meda no deje de ser, entre nosotros, hoy, un mero recuerdo mitológico.
Todos deseamos que este grave problema tenga solución alguna vez. Quizás esto irá aconteciendo a medida que la feminización vaya impregnando todos los componentes del entramado social, cuando la sensibilidad e inteligencia femenina -cuotas aparte- se haga sentir en todos los estamentos de la comunidad. Entonces y sólo entonces, podremos preguntar a las mujeres y a las niñas, como reza un antiguo pergamino hebraico, con palabras dirigidas al sol que profiere cierto gallo salvaje que vive entre los cielos y la tierra y que usa de la razón: “Y tu mismo, que velozmente, día y noche, sin dueño ni reposo, corres el desmesurado camino que te está prescrito: ¿Eres feliz?”

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