Los niños periodistas de la San Gregorio

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Los niños periodistas de la San Gregorio

La vida en la población está llena de matices, nos revelaron los noveles periodistas. La violencia y el narcotráfico son un problema real, como también es real el orgullo que sienten sus habitantes por ser de la San Gregorio. Camila y Francisco dieron un ejemplo de cómo cubrir bien una noticia.

“Sostener que lo que hace falta hoy en el periodismo chileno es una política de good news is news es un despropósito”, escribe Alfredo Sepúlveda en el Medio Blog, acusando recibo del dardo que lanzó contra los medios el arzobispo de Santiago, Francisco Javier Errázuriz, en la homilía del último Tedeum de Fiestas Patrias, donde criticó el espíritu excesivamente negativo que, a su juicio, embarga a la prensa, su habitual predilección por el “rostro sombrío, trágico y destructor del delito, la injusticia, la corrupción, la violencia, la confrontación y el fracaso”, en desmedro de aquellas informaciones que hablan de “acciones de bien”.

Frente al alegato del purpurado, la réplica del autor de la más
reciente biografía de O Higgins apunta en la dirección correcta: en el país no faltan buenas noticias, sino que noticias bien cubiertas. En otras palabras, las falencias que aquejan al medio periodístico chileno no se resuelven
convirtiendo a los reporteros, redactores y editores en relacionadores públicos del Gobierno de turno, de los partidos políticos, las empresas, las iglesias, o cualquier otro actor de la vida nacional interesado en exaltar sus
actos en beneficio de la comunidad. El quid del asunto tiene que ver con mejorar el ejercicio de la profesión, y debiera traducirse en narraciones periodísticas más elaboradas y novedosas, que reflejen adecuadamente la creciente
complejidad de la realidad nacional e internacional, donde los fenómenos no sean reducidos a una sumatoria inconexa de informaciones y datos sin una adecuada contextualización; relatos que den cuenta de la creciente heterogeneidad cultural y social del país y que no se limiten a la repetición
incesante de eslóganes, frases hechas e imágenes clichés.

En este sentido, la cobertura televisiva del 18 de septiembre es desesperanzadora. Como todos los años, en los noticiarios las celebraciones de la independencia se convirtieron en una larga letanía de notas sobre las innumerables fondas y fiestas de la chilenidad. Uno tras otro se sucedieron los contactos en directo desde los epicentros festivos, reiterando hasta el cansancio las imágenes de multitudes comiendo, bebiendo y bailando al son de ritmos tropicales y una que otra cueca. ¿Qué aporta esta serie de despachos en vivo, en términos periodísticos? Información nueva, poco y nada. Desde hace
tiempo es común que los canales de TV hagan uso y abuso de este recurso: los informes en directo desde los locales de votación, sin un solo dato relevante para el resultado de la elección; o los despachos acerca de protestas en el centro de Santiago, en los que no aparece ningún incidente digno de
reseñar. Tras estos despliegues de recursos técnicos y humanos se asoma el pecado de la soberbia. Más que estar motivados por consideraciones informativas, parecen ser una demostración de fuerza económica y capacidad tecnológica.

En la cobertura televisiva de las repercusiones de la jornada de vandalismo del 11 de septiembre, en cambio, se aprecian intentos por escapar de los atavismos que suelen gobernar el desempeño de los periodistas. Según los medios, la causa principal de los incidentes fue la penetración del narcotráfico en las zonas periféricas de Santiago, un planteamiento que no se alejó demasiado de la visión dicotómica que generalmente domina los relatos sobre hechos de carácter delictivo (delincuentes vs. ciudadanía honesta). Sin embargo, esta vez
los noticiarios hicieron esfuerzos por aproximarse a la problemática de la violencia desde una óptica más explicativa y cercana, con entrevistas a dirigentes vecinales de los barrios más “bravos” y testimonios acerca de las motivaciones que movilizan a los jóvenes pistoleros (“le disparo a los pacos para desahogarme, para botar la rabia”, dijo uno de ellos en “Teletrece”).

No obstante, la visión más interesante acerca de los vecindarios de Santiago tildados de conflictivos no provino de profesionales de la prensa, sino que de Camila y Francisco, dos niños de la población San Gregorio, tristemente famosa
por haber sido el hogar del Indio Juan, un delincuente con varios homicidios en su prontuario y que murió asesinado en la cárcel. El 23 de septiembre, “24 horas” dio a conocer el registro audiovisual que ambos menores realizaron sobre
su cotidianeidad y la de sus vecinos, testimonio que dio cuenta de las ambivalencias y contradicciones, de los dramas y alegrías que condimentan el devenir de cualquier persona y grupo humano. Vimos a los ancianos indigentes y alcohólicos que pululan por las calles, pero también las actividades
recreativas del Club del Adulto Mayor; conocimos el reclamo de una mujer que no puede tener intimidad sexual en su pequeña casa habitada por 10 personas, junto con la satisfacción de los pobladores por los avances que han mejorado su calidad de vida: la llegada del Metro, la pavimentación de calles, el consultorio, la plazas. La vida en la población está llena de matices, nos revelaron los noveles periodistas. La violencia y el narcotráfico son un problema real, como también son reales el esfuerzo de un estudiante del sector que sacó puntaje nacional en la PSU y el orgullo que sienten sus habitantes por ser de la San Gregorio. Camila y Francisco dieron un ejemplo de cómo cubrir bien una noticia.

LND

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