Dicen que necesitan trabajo, no limosnas.

Víctor Jara bajo cero
La Nación, Viernes 6 de Julio de 2007  
 
Los indigentes que pasan la noche en el albergue habilitado en el Víctor Jara son un espejo. Aquí se refleja Chile. Cansados de las miradas lastimeras y el desprecio de la gente, prefieren taparse con las sábanas. Dicen que necesitan trabajo, no limosnas.

Juan Carlos Ramírez

Nico juega con una botella plástica frente al Estadio Víctor Jara. Hace frío y todas las personas en “situación de calle” ya están instaladas en la cancha. Viejos, punks, embarazadas, adolescentes, vendedores ambulantes.
Primero se ducharon y sometieron a revisión médica. Después comieron. Ahora, bajo los inmensos calefactores a gas, se instalan en las colchonetas. Algunos putean, otros tiran la talla. Varios miran el techo escuchando reggaeton en su pendrive. La mayoría intenta dormir, escondiendo la cara. No quieren hablar con nadie.

Una mujer se ríe. “Cállate, vieja culeada”, grita otro tipo. Acá no hay pianos lacrimógenos tipo programa de ayuda. Tampoco sonrisas. “Esta es la realidad, pues”, dice Mónica Pérez, responsable del albergue provisorio que se cerrará recién a fines de agosto.

Afuera, Nico sigue jugando. Abraza a los muchachos de Defensa Civil que custodian el recinto, pide cigarrillos sin éxito y se sube al camión de la Cruz Roja. Dice que su polerón Adidas se lo robó a un borrachito. Lo dice muerto de la risa y con la mirada perdida. Parece un niño, pero ya tiene 12 años.
 
El líquido de la botella es tolueno.

ESTRELLAS DE LA CALLE

“Entre una mina y una bolsa de pasta base, me quedo con la segunda”, dice Hugo. Después, muestra su mochila: ropa, vasito para café, botella con jugo.Tiene 45 años, pero ha perdido más de la mitad en moteles, alcohol y polvillo
blanco. Arrastra -como todos los que se refugian acá- una familia desintegrada. En los setenta, cuando vivía en Arica, se escapaba a Perú o Bolivia y en el camino abandonó su carrera de odontólogo. Sobrevive trabajando en supermercados y durmiendo en hospederías. Dice no estar arrepentido y mira a los ojos para que le creas.

“Está puro cuenteando. La gente está tan sola que descargan la tremenda historia, sólo para validarse” , lanza Cristian Bravo. Tiene 22 años, es flaco como un palo y le brilla una chapita de Robert Smith, el vocalista de The Cure. Saluda a Jonathan -alias “Cachaña”-, un payaso de micro que llegó sin quitarse el traje.
El tony está triste porque perdió a su mujer. Y ella duerme acá esta noche. “Intento alegrar a la gente que vive esa situación durísima y además, intentar recuperarla. Tú comprenderás lo terrible que es encontrarla acá. Quiero salvar lo que tenemos y que me perdone mis celos”. Se conocieron en Peñaflor el 95. Ella trabajaba en un club nocturno. Él la sacó de ahí y comenzaron a trabajar juntos en las micros de Santiago. Se llamaban“Los Magníficos del Humor”.

Los pasajeros de Providencia eran los peores, cuenta. Siempre mirando por la ventana, sin encontrarle gracia a su rutina. En las comunas más periféricas cambia la recepción. En un buen mes se hacía 50 ó 70 lucas. Lo justo para “parar la olla”. Ahora trabaja solo y quiere recuperar a su mujer.
Manuel, Juan y Víctor, ajenos a estos dramas afectivos, no se puedenquedar dormidos. Es su primera noche acá. A diferencia de los viejos que culpan al Gobierno y la sociedad del abandono, ellos, que rozan los veinte años, se hacen responsables. “Todos tenemos hijos que no vemos. Ojalá que no vivan como nosotros. Hemos estado en la cárcel donde es realmente brígido. Lapasta base es una mierda porque es imposible dejarla. Por eso uno asalta, para seguir comprando esa mierda. La culpa, amigo, es de nosotros y del ambiente en que nacimos. Puta que es difícil empezar de nuevo”, dice Juan.

ABANDONADOS
Cristian se maneja en la cancha porque se crió en el Hogar Esperanza y sabe lo que es vivir al día. “Obvio que varios han tenido un pasado delincuencial. ¿De qué otra forma podís comer? Y es verdad que esa campaña ‘Piteate Un Flaite’ fue la venganza de la clase media que le ha tocado sufrir asaltos y lanzasos. Pero a nadie le enorgullece llamarse ‘flaite’”.
Existe un video de You Tube llamado “El chuña”. Se trata de un indigente alcohólico que le habla incoherencias a la cámara. Lo graba un chico alto y de polera musculosa. Muchas veces trata de abrazarlo, lo que delata su abandono. Tiene 35.000 visitas y todos postean burlándose del pobre viejo. A nadie le importa borrar esa infame grabación.

Y esta noche, sobre las colchonetas del Víctor Jara, muchos “Chuñas”están soñando con otra vida y sin idiotas que se burlen de ellos. Pero acá no hay inocencia. Los medios de comunicación no son bienvenidos. Ya se han visto muchas veces en reportajes lastimeros o beneficencia. “Yo hice muchas leseras en mi vida. Ahora soy ambulante. Pero nadie confía en uno. No necesitolimosna, sino que exista trabajo. Hasta para vender sopaipillas en la calle tearman atados”.
Los voluntarios vigilan el local. Cristian les pregunta a algunos si quieren salir en el diario. Un indigente alega contra los medios. “Al final nunca aparecemos o escriben puras huevadas mamonas sobre nosotros”. Sobre las colchonetas del Víctor Jara lo que menos hay es inocencia. Acá duermen las cifras de los estudios sobre la pobreza. Acá sus números son carne y hueso. “Hoy fui a una iglesia, por primera vez. Estoy de cumpleaños y la pasé solo. Me gusta la calle, pero prefiero tener una casa donde morir al menos”, dice Gitano.

NO FUTURE

Patricia tiene 26 años y muestra orgullosa su guata. Espera un bebé y lo único que quiere es que estudie en la universidad y sea profesional. Ella abandonó su casa y ha vagado por las calles. Ahora aspira a ser una asesora de hogar y ahorrar plata.

“Es cierto que muchas veces se trata el tema de la pobreza desde una oficina, desde arriba. O con lástima. Yo creo que sí, que hay que tener lástima, pero de uno mismo. El estadio Víctor Jara es un espejo y Chile se está mirando en él”, dice Soledad Pérez. No ha dormido nada desde el lunes, pero tiene lafuerza para coordinarse con los carabineros que patrullan el sector o conversar con Nico que ahora la molesta con una pistola de juguete que sacó del basurero.

Unos tipos de parkas húmedas que dormían en la calle entran al estadio. Apenas cargan con una bolsa con sandwiches y bebidas. El payaso ahora está vestido de enfermero colaborando con la Cruz Roja.

Alguien logra quitarle a Nico la botella maldita y lo hacen entrar. Ya es tarde y Cristian confiesa que en realidad no es voluntario, sino un chico de la calle que se escapó del Hogar de Cristo para recorrer la ciudad. Se ducha en hospederías, se alimenta en el comedor de Fray Andrecito, duerme en la Posta Central, baila en la Blondie y espera, cuando salga de esta etapa, estudiar historia. Y lo dice muy seguro de sí mismo. Con actitud. “Ni cagando viviré siempre en la calle y terminar como estos viejos del saco”.

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